Las particulares elementales – Michel Houellebecq

El sonido y la furia

En 1994, Michel Houellebecq, quien era un discreto poeta y ensayista, produjo en París un revuelo de proporciones al publicar Ampliación del campo de batalla, su primera novela y un feroz ataque a la sociedad informática y a la supuesta liberación sexual contemporánea. El repentino éxito de ese libro, que pareció sintetizar todo el malestar de una generación contra un mundo a la deriva, no auguraba un futuro promisorio para su autor, quien, según sus críticos, debería conformarse con la notoriedad transitoria propia de obras polémicas. Sin embargo, Las partículas elementales, segunda narración del francés, supera en virulencia a la anterior, ha vendido sólo en Francia centenares de miles de ejemplares
-en España ya lleva seis ediciones- y promete dar tema para rato.
A simple vista, las fórmulas no son novedosas y su estilo puede resultar desconcertante, cuando no cansador. Si hubiera que resumir en una palabra las 300 y tantas páginas del volumen, ella sería rabia. La rabia, como sabemos, es una situación generalmente pasajera, porque si alguien vive en un estado de cólera permanente, deberá usar camisa de fuerza u otro medio más moderno. Y he aquí que se produce un fenómeno apasionante, porque la ira del novelista se nos contagia y terminamos devorando el relato con creciente indignación, merecida o no, contra la pérdida de valores en las clases medias, la comercialización e industrialización universal del sexo, la destrucción de las familias y los vínculos entre padres e hijos, la inconsecuencia en la mayoría de las doctrinas que han sustituido a la religión, desde el marxismo al feminismo, desde el ecologismo hasta los escapismos esotéricos, la atomización de las relaciones interpersonales y otro cúmulo de males, cada cual de ellos peor.

Las partículas… no es, en rigor, una novela de tesis y Houellebecq conoce los peligros de ese gastado género. Pero a falta de un término mejor, diríamos que es una novela ideológica, aun cuando su carta de presentación sea una dura crítica, una embestida incluso nihilista hacia todas las ideologías actuales. El escritor galo no tiene complejos para intervenir en la trama con disquisiciones filosóficas, políticas y especialmente científicas, sustentando con ellas sus tajantes afirmaciones. Estos recursos, que podrían resultar anticuados, son en cambio refrescantes, gracias a la sólida cultura en que se apoyan (aunque no pueda dejar de pensarse que tal vez consisten en apretar varias teclas en busca de información).

Como sea, la historia de los hermanastros Bruno y Michel, hijos de una hippie que los abandonó recién nacidos para retirarse a una colonia en California, se compone de una rica madeja argumental de subhistorias y anécdotas que van enriqueciendo el tejido novelesco, hasta componer un vasto panorama de la clase media francesa del momento. Representantes de lo que Houellebecq estima la generación más fracasada de la historia -quienes hoy, en Europa, transitan entre la cuarentena y la cincuentena-, los protagonistas transmiten vívidamente su vacío moral y existencial.

Probablemente, Las partículas elementales sea también una obra muy humorística y quizá destile ese inimitable encanto paradójico de cierta tradición literaria francesa, pero eso no se nota en la monótona traducción española. Houellebecq podría ser uno de los herederos de la sátira voltaireana y del furor declamatorio de Víctor Hugo o Zola. Si así fuera, esta segunda ficción anunciaría el advenimiento de un componente que se echa de menos en la novela de ahora: la furia.

Anexo

Las particulares elementales
Michel Houellebecq. Anagrama, 320 páginas.
Dos hermanos, abandonados por su madre hippie, encarnan el malestar de una generación que no conoce el placer, apenas el deseo.

C.Marks