El rey de La Habana – Pedro Juan Gutiérrez

Realismo Socialista

La novela picaresca es una de las grandes contribuciones españolas a la literatura universal. Las narrativas occidentales, desde la inglesa a la germana, de la francesa a la italiana, se vieron subyugadas por el personaje del pícaro, un vagabundo que cambia constantemente de oficio y de patrones, que si no es delincuente, tiene problemas con la justicia y a quien no le interesa una familia o relaciones estables, prefiriendo lo que venga para pasar el rato. El realismo, el naturalismo y la denuncia social no habrían existido como los conocemos sin estos seres de los bajos fondos, cuyas hazañas siguen siendo la mejor fuente acerca de las clases sociales del pasado y los mejores libros para divertirse con las astucias de los desposeídos para sobrevivir a la miseria, el hambre y la guerra.
Ha corrido mucha agua bajo los puentes desde los tiempos del Lazarillo de Tormes o don Pablos, llamado el Buscón, de Quevedo, y la picaresca de hoy, al menos en la prosa hispana, parece haber descendido bastante, si es que no se está yendo a pique. El cubano Pedro Juan Gutiérrez retomó la corriente en su muy exitosa Trilogía sucia de La Habana, publicada a mediados de los 90 y comparada con la obra de Henry Miller, Charles Bukowski y otros exponentes del realismo sucio moderno. Sin embargo, los autores citados parecen escritores de fábulas para niños frente al inmoderado caribeño.

El Rey de La Habana, su segunda novela, cuenta las aventuras de Reynaldo o la inevitable caída de un joven que es testigo del involuntario asesinato de su desquiciada madre por el hermano mayor, seguido del suicidio de éste y la muerte de la centenaria abuela, todo ello, en minutos. El reformatorio, la vida deambulando por basurales, alojando en pisos sin agua ni luz y a punto de derrumbarse, la mendicidad, los trabajos ocasionales e ilícitos para comer lo que sea son los escenarios crecientemente abyectos, cada vez más degradados del relato.

Gutiérrez no tiene miramientos con nadie y la filosofía del libro puede resumirse en la máxima todo puede ser peor. Efectivamente, el bestial envilecimiento al que llegan los personajes no puede ser más ruin, hasta culminar en una apoteosis de descomposición física y moral.

Una narración con más de 200 páginas no lograría sustentarse sólo gracias a la decadencia, por lo que su autor acude a ciertas variantes a fin de amenizar la historia. La principal de ellas es el sexo y página por medio tenemos manifestaciones de algo que se acerca más al cretinismo genital que a la actividad que nos ha permitido reproducirnos en la tierra. Reynaldo, llamado Rey como diminutivo, pero también debido a sus aptitudes eróticas -de ahí el título de la novela- no se cansa nunca, aunque el lector sí puede hastiarse de tantas efusiones pornográficas.

El otro componente de la narración, que predomina en todos los personajes, lugares y situaciones, es la suciedad y Gutiérrez tiene una imaginación infinita para describir la porquería, la inmundicia, la fetidez. Y queda, a la postre, la impresión de que obtiene un sincero placer con una crónica de esta naturaleza.

Resulta curioso que un libro tan nihilista como El Rey de La Habana sea la obra de un cubano que reside en uno de los últimos regímenes socialistas del mundo. Como reflejo del desastre humano al que hemos llegado, puede ser un producto interesante, aun cuando hay que tener un estómago firme para digerirlo. Como fenómeno literario, posiblemente no perdurará, pero con seguridad tendrá muchos seguidores que hoy se sienten atraídos por lo que ayer era simplemente repugnante.

Anexo

El rey de La Habana
Pedro Juan Gutiérrez. Anagrama, 218 páginas. Entre prostitutas y travestidos, un adolescente pasa hambre y encuentra el sexo en las calles de La Habana.
Nacido en 1950, Gutiérrez ha sido vendedor de helados, instructor de kayaks, obrero y periodista. Con Trilogía sucia de La Habana fue saludado como revelación de las letras cubanas.

C.Marks