Cuando pienso en mi falta de cabeza – Adolfo Couvé

Brillo póstumo

En medio de la grafomanía que últimamente ha invadido nuestro país, el proyecto narrativo de Adolfo Couve reveló a un autor tan conciente de su instrumento lingüístico y de su oficio, a un prosista que somete a la página escrita a un proceso tan arduo de depuración y a un artífice de la palabra y de la imagen tan exigente, que puede, justificadamente, decirse que él es uno de los maestros de hoy en el idioma, dentro del medio nacional. En sus narraciones -10 en total, siendo la primera Alamiro, de 1965, y la postrera La comedia del arte, de 1995- no hace falta nada, no sobra nada, no existe un solo detalle que deba dejarse de lado y cualquier lector, de la condición que sea, puede enseguida advertirlo.
Tal vez, Couve fue el único escritor de su generación que produjo solamente obras parejas, en un flujo constante que abarcó 30 años. En su peculiar estilo, fueron obras perfectas.

Couve fue un creador solitario -también se dedicó a la pintura y las huellas de este arte se perciben en sus relatos-, al margen de toda moda,ajeno a las influencias que llegan y se van, sin compartir los estruendos y alborotos actuales, por lo demás, de muy pasajeros dividendos.

Seguramente, el voluntario aislamiento en que vivió hizo posible los inmaculados y concisos textos que conforman algunas narraciones superiores de la narrativa chilena en las pasadas décadas: El picadero (1974), El tren de cuerda (1976) y sobre todo, La lección de pintura (1979).

Cuando pienso en mi falta de cabeza fue concebida como una especie de secuela o continuación de La comedia del arte, la última y, en términos comerciales, la más exitosa novela de Couve. Ciertos pasajes de esa historia reaparecen bajo otra luz o en situaciones levemente distintas y algo espectrales. Quien haya leído aquella obra recordará al pintor Camondo -alter ego del escritor-, a la decrépita y lunática modelo Marieta, a Raúl Ramírez, conocido como el tony Bombillín, a su amante la Negra y a otros más. La primera parte del libro le proporciona el título y se inicia con el cuento El hombre de cera, extraña fantasía en la que el protagonista es un ser de carne y hueso, pero también una estatua carente de la parte superior del cuerpo. Este tema une a varios relatos del tomo y alcanza el máximo desarrollo hacia el final del volumen, en una voz por completo irreal, aunque paradójicamente sea, a la vez, muy realista.

Todas las características del arte de Couve y que hicieron de él un caso único en nuestra literatura, se encuentran presentes en esta edición póstuma. Sin embargo, no puede evitarse un sentimiento de frustración, de desazón ante lo fragmentario, lo excesivamente tenue y delicuescente o lo simplemente inacabado de algunos pasajes, los cuales apenas constituyen esbozos de narraciones, apenas alcanzan a ser bosquejos de ficciones que pudieron ser notables. Se trata, a veces, de meros gérmenes, casi viñetas, que no llegan a sobrepasar el par de páginas. Esas aprensiones se redoblan cuando, inevitablemente, pensamos en los frutos que Couve pudo haber producido, si hubiera perseverado en la vena fantástica,exhibida en sus últimos títulos y en estos textos que no vio publicados.

Debido a ello, “Por el camino de Santiago”, tercera parte del volumen, es el conjunto mejor logrado, pues estamos frente a cinco fábulas cronológicas, donde el estilo de Adolfo Couve brilla sin contratiempos.

Así, Cuando pienso en mi falta de cabeza valdría la pena, aunque fuera sólo por eso, pero es, además, la última obra de un escritor que difícilmente se volverá a repetir.

Anexo

Cuando pienso en mi falta de cabeza
Adolfo Couve. Seix Barral, 114 páginas.
Esta novela, publicada tras la muerte del escritor, fue concebida como una especie de secuela o continuación de La comedia del arte.

Adolfo Couve nació en Valparaíso, en 1940. Fue un pintor de talento y escribió libros de rara perfección. En 1998 se suicidó en su casa de Cartagena.

C.Marks