Cuentos hispanoamericanos – varios autores

Grafomanía rampante
A pesar de su título ostentoso, el libro no contiene relatos de autores significativos de la región.

El título Cuentos hispanoamericanos es desafortunado, pues sugiere una antología de autores significativos de la región. En cambio, el libro objeto de esta crítica comprende 10 obras del género breve ganadoras en el XVI Concurso Internacional Juan Rulfo (1999). Según podría deducirse de la solapa, los escritores obtuvieron antes algunos galardones, a saber, el Premio Radio Francia Internacional, el del Centro Cultural de México, el de Le Monde Diplomatique y otros más oscuros.
En todo caso, el valor de estos relatos, con una sola excepción, es bastante deplorable. Después de realizar el considerable esfuerzo de leerlos todos, sorteando una serie de dificultades mayores -ausencia de argumento, serios problemas idiomáticos, incapacidades narrativas flagrantes- y otras menores -errores en la composición y el vocabulario, faltas ortográficas, etc.-, queda la impresión de algo amorfo, vago, indiferenciado y muy mal escrito. Es harto difícil recordar alguna historia en particular, alguna anécdota, algún esbozo parecido a una trama. Probablemente, estos laureados escritores pertenecen a talleres literarios o quizá la uniformidad de su escritura provenga de los cursos de literatura creativa, tan en boga en universidades y otros centros de estudio. Frente al producto final, caracterizado por la absoluta carencia de identidad lingüística, da lo mismo el país de origen de los cuentistas.

Si bien, en términos artísticos, no saber si estamos en una ciudad colombiana o en una carretera española constituye un pecado capital, los problemas que plantea la mayoría de estas piezas no mejoran su calidad. Enumeraremos sólo un par de ellos.

En primer término, los autores y autoras representados en la selección parecen creer que no se puede, hoy en día, escribir con sencillez, en forma directa, sin verse constantemente forzados a demostrar su inteligencia o su formación cultural. En consecuencia, muchas veces atiborran la prosa con citas, alusiones e invocaciones a figuras tutelares más o menos consagradas, generando embarazosos pasajes en los que Borges, Joyce o Heidegger salen a relucir a propósito de nada o simplemente debido a que el narrador no tiene cosa alguna que contar y piensa que así se está luciendo. Estos defectos malogran cuentos que pudieron haber alcanzado un nivel aceptable, como Detrás de la calle Toledo, de Teresa Ruiz, y Omar Gutmann, poeta menor, de Greco Sotelo.

En segundo lugar, el descuido generalizado y el empleo promiscuo de recursos, traducidos en crónicas donde no se divisa capacidad crítica o autocrítica, mueven a pensar en un fenómeno inquietante y que hoy hace presa de nuestros países. Nos referimos a la grafomanía, en virtud de la cual ya está siendo lícito escribir cualquier cosa, por cualquiera persona y en cualquier lugar. La compulsión de escribir por escribir o, peor aún, de publicar por publicar, en una época en la que cada vez se lee menos, está llegando a límites absurdos y este libro es prueba de ello.

La asombrosa historia de la hormiga que perdió la hache, de Belén Alonso, es la única grata excepción. Pero se trata de un cuento para niños, por lo que el desconcierto de verlo aquí casi anula su real excelencia.

Cuentos hispanoamericanos no contiene reseñas de sus autores y fuera del país de procedencia, hay que conformarse apenas con el nombre de los galardonados. Tal vez un prólogo sería exigir demasiado, aunque un par de líneas, a guisa de presentación, no habría estado de más. No son fallas banales, aun cuando parezcan irrelevantes frente a todo lo anterior.

Anexo

Cuentos hispanoamericanos
varios autores. LOM, 171 páginas Diez relatos de jóvenes ganadores del XVI Concurso Internacional Juan Rulfo (1999).
En general el valor de los cuentos es menor, con la excepción de “la asombrosa historia de la hormiga que perdió la hache”, de belén Alonso.

C.Marks

Las particulares elementales – Michel Houellebecq

El sonido y la furia

En 1994, Michel Houellebecq, quien era un discreto poeta y ensayista, produjo en París un revuelo de proporciones al publicar Ampliación del campo de batalla, su primera novela y un feroz ataque a la sociedad informática y a la supuesta liberación sexual contemporánea. El repentino éxito de ese libro, que pareció sintetizar todo el malestar de una generación contra un mundo a la deriva, no auguraba un futuro promisorio para su autor, quien, según sus críticos, debería conformarse con la notoriedad transitoria propia de obras polémicas. Sin embargo, Las partículas elementales, segunda narración del francés, supera en virulencia a la anterior, ha vendido sólo en Francia centenares de miles de ejemplares
-en España ya lleva seis ediciones- y promete dar tema para rato.
A simple vista, las fórmulas no son novedosas y su estilo puede resultar desconcertante, cuando no cansador. Si hubiera que resumir en una palabra las 300 y tantas páginas del volumen, ella sería rabia. La rabia, como sabemos, es una situación generalmente pasajera, porque si alguien vive en un estado de cólera permanente, deberá usar camisa de fuerza u otro medio más moderno. Y he aquí que se produce un fenómeno apasionante, porque la ira del novelista se nos contagia y terminamos devorando el relato con creciente indignación, merecida o no, contra la pérdida de valores en las clases medias, la comercialización e industrialización universal del sexo, la destrucción de las familias y los vínculos entre padres e hijos, la inconsecuencia en la mayoría de las doctrinas que han sustituido a la religión, desde el marxismo al feminismo, desde el ecologismo hasta los escapismos esotéricos, la atomización de las relaciones interpersonales y otro cúmulo de males, cada cual de ellos peor.

Las partículas… no es, en rigor, una novela de tesis y Houellebecq conoce los peligros de ese gastado género. Pero a falta de un término mejor, diríamos que es una novela ideológica, aun cuando su carta de presentación sea una dura crítica, una embestida incluso nihilista hacia todas las ideologías actuales. El escritor galo no tiene complejos para intervenir en la trama con disquisiciones filosóficas, políticas y especialmente científicas, sustentando con ellas sus tajantes afirmaciones. Estos recursos, que podrían resultar anticuados, son en cambio refrescantes, gracias a la sólida cultura en que se apoyan (aunque no pueda dejar de pensarse que tal vez consisten en apretar varias teclas en busca de información).

Como sea, la historia de los hermanastros Bruno y Michel, hijos de una hippie que los abandonó recién nacidos para retirarse a una colonia en California, se compone de una rica madeja argumental de subhistorias y anécdotas que van enriqueciendo el tejido novelesco, hasta componer un vasto panorama de la clase media francesa del momento. Representantes de lo que Houellebecq estima la generación más fracasada de la historia -quienes hoy, en Europa, transitan entre la cuarentena y la cincuentena-, los protagonistas transmiten vívidamente su vacío moral y existencial.

Probablemente, Las partículas elementales sea también una obra muy humorística y quizá destile ese inimitable encanto paradójico de cierta tradición literaria francesa, pero eso no se nota en la monótona traducción española. Houellebecq podría ser uno de los herederos de la sátira voltaireana y del furor declamatorio de Víctor Hugo o Zola. Si así fuera, esta segunda ficción anunciaría el advenimiento de un componente que se echa de menos en la novela de ahora: la furia.

Anexo

Las particulares elementales
Michel Houellebecq. Anagrama, 320 páginas.
Dos hermanos, abandonados por su madre hippie, encarnan el malestar de una generación que no conoce el placer, apenas el deseo.

C.Marks

El sueño de la historia – Jorge Edwards

Espectros

Aunque ya se trate de un texto muy citado y que seguirá provocando alusiones, es difícil resistir la tentación de transcribir un pasaje de El Sueño de la Historia, última obra de Jorge Edwards: “De una sola cosa no nos cabe duda: la presencia de Gioacchino Toesca, el romano, en el horizonte de campanarios pobretones, de murallones de adobe y techos de teja del Santiago de fines del siglo XVIII, era un enigma denso entonces y lo sigue siendo ahora, a más de 200 años de distancia. La vida chilena, la de toda esta parte del mundo, está formada, pensamos, por toda clase de aluviones enigmáticos”.
El Sueño… no es, en rigor, una novela histórica ni puede juzgarse como narración que recurre a técnicas para producir paralelismos entre distintas épocas y simultaneidades entre personajes situados frente a realidades diversas. Al trasladarse a un medio más amplio, Edwards ha debido ajustarse a una escala más exigente que el trasfondo de sus anteriores libros, en los cuales el drama personal se reducía a espacios íntimos, incluso claustrofóbicos (rasgo presente en sus novelas, desde El peso de la noche, hasta El museo de cera y El origen del mundo). Este horizonte provee al autor de una prosa nueva, compacta, cosmopolita y chilena, coloquial y lírica, adaptada a las personalidades que el friso novelesco va entregando. Si bien pudo haber escogido una forma más lineal, la riqueza temática del relato se adecua al copioso estilo creado para darle cimiento.

Una lectura detenida de El Sueño… y un análisis de sus detalles estilísticos y literarios, permiten adentrarse en el complejo y mudable mundo institucional que refleja. Ningún aspecto de ese mundo -inseguro, en permanente cambio- está más ligado al resultado novelesco que la crisis de identidad en los caracteres centrales de Toesca y el Narrador, así como los destinos trágicos o patéticos en los actores del pasado -sobre todo, Manuela Fernández- y en aquellos que sobreviven a los oscuros tiempos actuales.

No todo anda bien con quien insiste en llamarse el Narrador ni con sus familiares y amigos. Parecería que las alteraciones de registro, los saltos en el tiempo, lo hacen sentirse incómodo en su rol. Esa incertidumbre se traspasa a las personas históricas investigadas o simplemente inventadas. Inmaduro, aún adolescente, vulnerable y torturado por conflictos interiores, termina por confundirse con los espectros remotos que arrojan una luz ambigua sobre el presente.

Sin la esquizofrenia del Narrador, con la cual Edwards cuestiona el papel de sus protagonistas, no es posible ver cómo los caracteres más bien planos en nuestras novelas de hace 20 ó 30 años han alcanzado la voz profunda y matizada de fines de siglo o comienzos del actual. El autor se mueve con gran desenvoltura y brillantez en los trozos de crónica social, comentario histórico o puro relato, en tanto no es acertado cuando repite descripciones de la izquierda chilena o da interpretaciones maniqueas de ciertos personajes. Pero al responder a las demandas de la tradición, dando pasos significativos en la prosa del futuro, Edwards ha escrito una notable novela.

El género histórico parece estar en eclipse, si bien es probable que aquí dé interesantes frutos. Si la biografía de Toesca queda como un proyecto, al menos le ha servido a Edwards para escribir una de sus mejores obras. En ella, ha desarrollado su capacidad para expresar la pasión y el amor o los fracasos de las empresas humanas asociadas con ellos y, sobre todo, su poder para pintar los conflictos que crean grandes ficciones literarias.

Anexo

El sueño de la historia
Jorge Edwards. Tusquets.
Un intelectual llega desde el exilio a un país enrarecido y descubre, entre viejos libros, la historia de Toesca, engañado por su esposa en el Santiago colonial.

Jorge Edwards nació el 29 de julio de 1931 y ha escrito novelas, memorias, cuentos y artículos periodísticos. El año pasado ganó el Premio Cervantes.

C.Marks

Abierto toda la noche – David Trueba

Una tonelada de chocolates

La familia Belitre no es muy convencional. Uno de los hijos padece cierta paranoia consistente en asumir identidades ajenas, en este caso la del padre, pese a que el pequeño tiene 12 años. Otro es un monstruo por culpa del acné. De los cuatro restantes, el más normal, próximo a la treintena, no ha ganado un peso en su vida y quiere ser crítico de cine, en tanto sus demás hermanos van desde el donjuán compulsivo, pasando por el novelista precoz -14 años- o el chico con pensamiento hablado, hasta el benjamín, quien vive preocupado únicamente de sus peces. Los progenitores aceptan las excentricidades de estos descendientes e incluso las fomentan. Y los abuelos Belitre no lo hacen nada de mal: ella, octogenaria postrada en cama por propia voluntad, se cartea con una amiga muerta hace años, y él se ha entregado a un frenesí religioso de tintes apocalípticos, al que se une una cruzada metafísica contra el tabaco.
El cuadro se completa con una joven que seduce a todos los varones del estrafalario clan, un siquiatra instalado en una carpa del patio practicando la terapia portátil, dos Testigos de Jehová expulsados de la prédica bíblica al compartir los desmanes del abuelo, una muchacha de malas costumbres acogida en la hospitalaria casa por el novel literato y muchos otros, algunos de fugaz aparición y varios merecedores de páginas completas.

Abierto toda la noche es la primera novela de David Trueba y el título alude a la afirmación de Ambrose Bierce, según la cual el hogar es el único local que funciona todo el día y toda la noche, sin parar. Y esto es aplicable a la residencia de los Belitre, donde hay de todo y para todos los gustos, siempre que uno sienta inclinaciones por lo disparatado y lo extravagante en grado sumo.

Claro que la gracia de un libro así no está en las rocambolescas aventuras de estos divertidos actores, las cuales cansarían muy luego, sino en la forma de narrarlas. Trueba cuenta un episodio tras otro en tono impasible, introduciendo razonamientos propios para justificar el injustificable proceder de los caracteres. Mezcla de guiñol y farsa, Abierto… es una de las novelas españolas más cómicas que últimamente se hayan publicado.

Como sucede con tantos autores jóvenes de hoy, Trueba es multifacético y ha trabajado en todos los medios, destacando su labor como guionista y director de cine. Tal dispersión deja huellas en su producción literaria y es natural que las obras posteriores a la que estamos comentando -Cuatro amigos es la más reciente- muestren signos de repetición y desgaste.

Además, Abierto… exhibe síntomas comunes a la prosa española actual, donde hay numerosos autores aceptables o buenos, sin que se divise un solo gran narrador. Lo que escribía una generación atrás era plano, poco brillante y hoy todo son fuegos artificiales, desparpajo, temáticas en apariencia atrevidas, anarquizantes, expresadas generalmente en puras gárgaras verbales.

No cuesta nada dárselas de iconoclasta detrás de una personalidad tan hiperkinética, la cual ha resultado bastante rentable para el autor. También habría que hacer notar otros rasgos contraproducentes. La originalidad excesiva, el talento exhibicionista, las calculadas frases inteligentes pueden producir los mismos efectos que comerse una tonelada de chocolates, aun para los adictos a aquellos recursos o a este alimento.

Abierto toda la noche entretiene, hace reír y David Trueba casi siempre escribe bien, consiguiendo la adhesión hacia sus inusitados personajes, por lo que en esta novela se olvidan los problemas que pueda presentar.

Anexo

Abierto toda la noche
David Trueba. Anagrama, 236 páginas.
El sexo, la locura y el amor en una familia numerosa y disparatada.

David Trueba, nacido en Madrid, en 1969, es guionista de cine y ha trabajado en prensa, radio y televisión, donde codirigió “El peor programa de la semana”.

C.Marks

La fiesta del chivo – Mario Vargas Llosa

La dictadura total

El trío de autores sobrevivientes del llamado boom latinoamericano no se ha caracterizado por la calidad de sus recientes obras. Nos referimos a García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa, quienes llevan décadas publicando libros mediocres o pasables, que apenas permiten recordar las grandes novelas escritas por ellos. De los tres, Vargas Llosa ha sido el más equilibrado, porque, aun cuando haya entregado bastantes volúmenes olvidables, al menos mantiene siempre el rigor estilístico y un oficio que, hasta cierto punto, respaldan sus incesantes textos.
Afortunadamente y para gloria de la literatura en lengua española, el peruano ha vuelto a demostrar sus atributos de eximio artífice narrativo y los brillantes dones literarios que hicieron posible las grandes novelas con las cuales llegó a la fama -La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral-, nunca superadas después. La fiesta del chivo está absolutamente a la altura de esos magníficos títulos y puede decirse, sin exageración, que es lo mejor escrito por Vargas Llosa en los últimos 30 años.

La acción de La fiesta… se desarrolla en dos planos temporales: el día en que el gobernante dominicano Rafael Trujillo fue asesinado, en 1961,mediante un complot dirigido por un grupo de civiles y militares, y un día, en 1996, cuando Urania Cabral, hija de un prohombre del régimen,regresa a Santo Domingo en un impulso del momento, sin saber por qué ni para qué, encontrándose con el resto de su familia casi en la miseria.

Como en las anteriores narraciones de Vargas Llosa, los hechos se agolpan y precipitan, el tiempo se desintegra en momentos significativos y los enigmas anunciados en las primeras páginas terminan por aclararse,produciéndose, al final, un conjunto de revelaciones, culminando en una catarsis desde el punto de vista de los protagonistas y una liberación para el lector. Como en las mejores obras del peruano, la energía narradora se manifiesta en un crescendo implacable y la agilidad del relato se sustenta sin caídas a lo largo de sus 500 y tantas páginas.

La fiesta… ocupará, sin duda, un lugar de honor entre las novelas hispanas dedicadas a estudiar a ese personaje singular y distintivo que nuestros países han aportado a la mitología universal: el dictador militar. En el caso del Padre de la Patria Nueva, el Benefactor y otra infinidad de cargos con los que Trujillo se vistió, hay mucho pintoresquismo y demasiadas facetas inverosímiles en él, su familia y colaboradores y una prueba de la maestría de Vargas Llosa como escritor es que no se deja tentar por lo caricaturesco, haciendo creíbles a seres increíbles. Más allá de la historia que cuenta, esta creación, de modo explícito y en la acumulación de episodios verídicos, constituye un testimonio del poder que una dictadura tiene para transformar a hombres y mujeres en monstruos o dañar irremisiblemente a varias generaciones.

Aunque se trate de consideraciones extraliterarias, ellas realzan una obra eminentemente artística como estructura novelesca.

La fiesta del chivo presenta defectos, quizá inevitables en un autor tan prolífico como Mario Vargas Llosa. La repetición de los mismos procedimientos, los cambios innecesarios en el punto de vista narrativo,la interpelación en segunda persona son algunos de ellos. Pero en el conjunto, no tienen mayor importancia. El escritor peruano, una vez más,ha logrado dar cimiento a un relato que es una lección de técnica narrativa. Y ha escrito una novela que, en buena medida, es una obra maestra, en todo el sentido de ese término.

Anexo

La fiesta del chivo
Mario Vargas Llosa. Alfaguara, 518 páginas.
Novela sobre el general Rafael Trujillo, dictador de República Dominicana desde 1931 a 1961.

Un libro que está a la altura de las grandes obras de Vargas Llosa, como “La ciudad y los perros” o “La casa verde”.

C.Marks

Cuando pienso en mi falta de cabeza – Adolfo Couvé

Brillo póstumo

En medio de la grafomanía que últimamente ha invadido nuestro país, el proyecto narrativo de Adolfo Couve reveló a un autor tan conciente de su instrumento lingüístico y de su oficio, a un prosista que somete a la página escrita a un proceso tan arduo de depuración y a un artífice de la palabra y de la imagen tan exigente, que puede, justificadamente, decirse que él es uno de los maestros de hoy en el idioma, dentro del medio nacional. En sus narraciones -10 en total, siendo la primera Alamiro, de 1965, y la postrera La comedia del arte, de 1995- no hace falta nada, no sobra nada, no existe un solo detalle que deba dejarse de lado y cualquier lector, de la condición que sea, puede enseguida advertirlo.
Tal vez, Couve fue el único escritor de su generación que produjo solamente obras parejas, en un flujo constante que abarcó 30 años. En su peculiar estilo, fueron obras perfectas.

Couve fue un creador solitario -también se dedicó a la pintura y las huellas de este arte se perciben en sus relatos-, al margen de toda moda,ajeno a las influencias que llegan y se van, sin compartir los estruendos y alborotos actuales, por lo demás, de muy pasajeros dividendos.

Seguramente, el voluntario aislamiento en que vivió hizo posible los inmaculados y concisos textos que conforman algunas narraciones superiores de la narrativa chilena en las pasadas décadas: El picadero (1974), El tren de cuerda (1976) y sobre todo, La lección de pintura (1979).

Cuando pienso en mi falta de cabeza fue concebida como una especie de secuela o continuación de La comedia del arte, la última y, en términos comerciales, la más exitosa novela de Couve. Ciertos pasajes de esa historia reaparecen bajo otra luz o en situaciones levemente distintas y algo espectrales. Quien haya leído aquella obra recordará al pintor Camondo -alter ego del escritor-, a la decrépita y lunática modelo Marieta, a Raúl Ramírez, conocido como el tony Bombillín, a su amante la Negra y a otros más. La primera parte del libro le proporciona el título y se inicia con el cuento El hombre de cera, extraña fantasía en la que el protagonista es un ser de carne y hueso, pero también una estatua carente de la parte superior del cuerpo. Este tema une a varios relatos del tomo y alcanza el máximo desarrollo hacia el final del volumen, en una voz por completo irreal, aunque paradójicamente sea, a la vez, muy realista.

Todas las características del arte de Couve y que hicieron de él un caso único en nuestra literatura, se encuentran presentes en esta edición póstuma. Sin embargo, no puede evitarse un sentimiento de frustración, de desazón ante lo fragmentario, lo excesivamente tenue y delicuescente o lo simplemente inacabado de algunos pasajes, los cuales apenas constituyen esbozos de narraciones, apenas alcanzan a ser bosquejos de ficciones que pudieron ser notables. Se trata, a veces, de meros gérmenes, casi viñetas, que no llegan a sobrepasar el par de páginas. Esas aprensiones se redoblan cuando, inevitablemente, pensamos en los frutos que Couve pudo haber producido, si hubiera perseverado en la vena fantástica,exhibida en sus últimos títulos y en estos textos que no vio publicados.

Debido a ello, “Por el camino de Santiago”, tercera parte del volumen, es el conjunto mejor logrado, pues estamos frente a cinco fábulas cronológicas, donde el estilo de Adolfo Couve brilla sin contratiempos.

Así, Cuando pienso en mi falta de cabeza valdría la pena, aunque fuera sólo por eso, pero es, además, la última obra de un escritor que difícilmente se volverá a repetir.

Anexo

Cuando pienso en mi falta de cabeza
Adolfo Couve. Seix Barral, 114 páginas.
Esta novela, publicada tras la muerte del escritor, fue concebida como una especie de secuela o continuación de La comedia del arte.

Adolfo Couve nació en Valparaíso, en 1940. Fue un pintor de talento y escribió libros de rara perfección. En 1998 se suicidó en su casa de Cartagena.

C.Marks

La boda del Poeta – Antonio Skármeta

El regreso de Skármeta

La verdad es que resulta fácil olvidar a Antonio Skármeta en su faceta fundamental de escritor y ello no se debe a la escasez de su producción literaria -por el contrario, ésta es nutrida-, sino a su contundente presencia mediática. No nos es posible precisar con exactitud cuándo apareció su anterior volumen y el éxito de la versión cinematográfica de Ardiente paciencia (llamada ahora El cartero de Neruda), título que data de principios de la década de 1980, puede haber sembrado la confusión en cuanto a la cronología de sus obras recientes. En todo caso, llevaba mucho tiempo sin escribir. O lo que es lo mismo para los lectores, sin dar a conocer lo que escribía. La boda del poeta surge en un momento muy afortunado en la carrera del autor y es justificadamente recibido con interés por quienes esperaban un nuevo libro suyo.
Si hay una palabra para resumir esta novela, ella es simpatía. Que sea un término trillado no debe inducir a error, porque la simpatía es un sentimiento muy profundo, que siempre nace en medio de lo más genuino que poseemos. Habría que agregar otro conjunto de vocablos y frases, tales como vitalidad, exuberancia, inventiva en la creación de situaciones,vívidos diálogos, fluidez narrativa y un impulso poético que preside todo el relato. Aunque todos ellos son rasgos aplicables a libros anteriores de Skármeta (desde los cuentos de El entusiasmo y Desnudo en el tejado, a las novelas Soñé que la nieve ardía o Matchball), no explican del todo la peculiaridad de La boda…

Se ha dicho muchas veces que algunos escritores producen sus mejores obras buceando en sus propias vidas o en las de sus antepasados y tal vez sea el caso de esta novela. La isla imaginaria de Gema, en un lugar del Adriático localizado cerca de las no menos ficticias Costas de Malicia,se presta extraordinariamente bien para una extravagante fantasía política, literaria y humorística, donde coexisten atractivos personajes enfrentando un aciago momento histórico: Stamos Marinakis y Marta Matarasso, los hermanos austríacos Paula y Jerónimo Franck, Reino y Esteban Coppeta y la preciosa Alia Emar, predestinada a la tragedia junto a otros isleños.

Como en narraciones previas de Skármeta, la sicología importa poco y el comportamiento de los actores puede parecer absurdo, poco claro,incoherente. En rigor, no son personajes, sino nombres con esbozos biográficos que dan vida y color a la historia. Tampoco debe esperarse rigor histórico ni fiel reconstrucción de un pasado bastante brumoso y que se sitúa alrededor de 1914 y algo después. Los anacronismos -tanto en el vocabulario y el estilo, como en la concatenación de los hechos- abundan, pero no importan mayormente al ser un recurso más del relato.

Además, algunos de ellos denotan un humor irresistible, siendo el mejor de todos, la aventura burocrática de la más insigne poetisa latinoamericana, oficiando de cónsul en Rapallo y otorgando un pasaporte colectivo a un grupo de fugitivos desharrapados.

No queda muy claro dónde ubicar esta obra dentro del variado conjunto prosístico del autor, ya que es distinta a lo que ha escrito antes, mas las características juveniles de sus primeros textos siguen presentes a lo largo de la trama. Por otra parte, no sería difícil encontrar defectos a un estilo que se ha vuelto un poco florido y un sí es no es fabricado.

Sin embargo, ante el resultado final, sería una mezquindad detenerse en ello.

Porque La boda del poeta satisface como novela, entretiene y deja con buen ánimo a los lectores, confirmando el nivel de Antonio Skármeta como narrador.

Anexo

La boda del poeta
Antonio Skármeta. Sudamericana, 307 páginas.
Una historia de amor ambientada en una isla del Adriático, donde la boda de un rico banquero hace estallar el conflicto.

Antonio Skármeta regresa a la narrativa (2000) tras un largo tiempo sin publicar, luego del éxito mundial de “Ardiente paciencia”.

C.Maks – 2000

En busca de Klingsor – Jorge Volpi

Había que seguir buscando

Por sobre todos ellos, había un personaje que controlaba los más recónditos intersticios de la burocracia intelectual germana, se entendía directamente con el Führer y se preocupó de no dejar ninguna huella de su persona.

No es un secreto que la ciencia tuvo un desarrollo asombroso en el Tercer Reich alemán, en gran medida, gracias a las convicciones poco democráticas de físicos, químicos y matemáticos que apoyaron la ideología nazi o, en el mejor de los casos, colaboraron sin asco con la maquinaria de exterminio montada por Hitler. No obstante, algunos emigraron hacia climas más propicios al pensamiento libre y pusieron su saber al servicio de causas mejores, siendo Albert Einstein el paradigma de este tipo de científico. Cuando los aliados ocuparon Alemania, el país estaba en ruinas y su ciencia se encarnaba en hombres que ya eran fantasmas, como Heisenberg, Planck, Stark y otras luminarias de dudoso pasado político. Por sobre todos ellos, había un personaje que controlaba los más recónditos intersticios de la burocracia intelectual germana, se entendía directamente con el Führer y se preocupó de no dejar ninguna huella de su persona.
En busca de Klingsor, quinta novela del mexicano Jorge Volpi, aborda estos y otros temas laterales en un extenso relato que sólo parcialmente satisface las expectativas creadas por asuntos tan mayúsculos. El teniente americano Francis Bacon, estudiante de física en Princeton, y el profesor Gustav Links, opositor al hitlerismo, son los protagonistas de la búsqueda aludida en el título. Además, participan en aventuras que a veces son ilustrativas de la mecánica cuántica, la teoría de la indeterminación o la finitud de los números, pero en ocasiones se desparraman en incidentes más bien comerciales
-anecdóticos, sexuales, turísticos-, cuya función en la historia no queda muy clara.

La primera interrogante que plantea este libro es de carácter elemental: ¿por qué a un autor latinoamericano se le ocurrió escribir sobre estos tópicos? La pregunta es doblemente válida si consideramos que, en la última década, se ha publicado una bibliografía abrumadora acerca de la Alemania de entreguerras, desde nuevas vidas de Hitler hasta estudios sobre medicina nazi, el trabajo y la seguridad social, las universidades,la religión bajo el régimen nacionalsocialista, recientes aportes sobre persecución a gitanos y otras minorías, etc.

Una novela que gira alrededor del intelecto en los tiempos hitlerianos,por lo menos, tendría que presentar cierta dosis de originalidad o propuestas novedosas en torno a esta materia. No hay tales. Tampoco hallamos emoción, suspenso, acción u otras características asociadas a la lectura de esta clase de narraciones. Ni nos conmoveremos con la revelación anunciada en las primeras páginas y para la cual debemos leer las 400 y tantas en que consiste la obra.

Indudablemente, Volpi se ha preparado al escribir esta crónica y debe haber pasado unos cuantos años recopilando datos para su ingente trabajo.

Así y todo, se produce la creciente impresión de que, como escritor,carece de la cultura, el refinamiento y la sutileza necesarios para llevar a cabo su empresa literaria. De partida, no escribe muy bien y su estilo presenta rasgos repetitivos y de pesadez difíciles de aceptar en un autor tan bien criticado y premiado, especialmente por esta ficción.

No conociendo los títulos anteriores de Jorge Volpi, es imposible emitir un juicio para la generalidad de su producción prosística. Como sea, En busca de Klingsor muestra a un novelista joven, ambicioso y con momentos de talento, pero frustrado en la realización de su proyecto. Es de esperar que en sus próximas obras sepa escoger bien los temas y logre buenos resultados, pues parecería estar capacitado para ello.

Anexo

EN BUSCA DE KLINGSOR
Jorge Volpi. Seix Barral, 440 páginas.
Las pesquisas para dar con el hombre que lideró las investigaciones atómicas del III Reich. Una reflexión sobre la ciencia y el mal.

Jorge Volpi es mexicano y nació en 1968. Con esta novela ganó el Premio Biblioteca Breve 1999.

C.Marks

El Poder y la Gloria – Graham Greene

Más vale un pecador…

Ambientada en un remoto estado sureño de México, El Poder y la Gloria fue escrita poco después que Graham Greene (1904-1991) visitara ese país. El protagonista, sin nombre, es un borracho que ha tenido una hija de una campesina y es también el último cura que huye de las autoridades revolucionarias. Va de aldea en aldea confesando y dando la Comunión, pero al saber que el Teniente, su perseguidor, ha comenzado a tomar rehenes para encontrarlo, enfrenta el principal dilema de su vida: “Si los dejaba, estarían a salvo y libres de su ejemplo. Pero era gracias a él que recibían a Dios en sus bocas. ¿No era entonces su deber quedarse, aun si ellos lo despreciaban, aun si a ellos los asesinaban por su culpa?”.
Greene describió El Poder… como su única novela de tesis, pero aun cuando el tema cristiano y el simbolismo teológico -el Bien y el Mal, el Pecado y la Gracia- sean evidentes, nada hay más alejado de la retórica de esa clase de literatura que esta obra, donde la técnica cinematográfica, la velocidad de la acción y el arte narrativo del autor inglés alcanzan su punto más alto. Los orígenes del Pater Whisky, quien encarna el ministerio sacerdotal en tan aciagos momentos, se hallan en títulos anteriores y en la niñez del escritor, pero él ha dicho que no vio motivos para que un hombre fuera diferente de su función, ya que podía ser un excelente sacerdote, mientras permanecía siendo pecador.

Como en todos sus grandes libros, Greene combina un ojo agudo y penetrante, una mirada a menudo burlona, versatilidad y una profunda, desgarrada, lacerante preocupación por los cuerpos y los espíritus de la humanidad, para cimentar su estructura novelesca. Como artífice superior y enemigo jurado del aburrimiento y de los escritores aburridos, en El Poder… arrastra de inmediato a los lectores a ese mundo aparte, que es el mundo literario suyo, creado a partir de caracteres convincentes y absoluta claridad.

La enorme producción de este prosista y su amplísimo rango tienden a nublar la percepción de él como uno de los grandes maestros del género novelístico. Sin embargo, la cualidad altamente distintiva, perfectamente reconocible de su estilo, se encuentra también en las brillantes variaciones de formas populares -el thriller y el relato policial- a las cuales llamó entertainments, ejemplificadas en El tren de Estambul, Nuestro hombre en La Habana, El Ministerio del miedo y muchos otros volúmenes.

El Poder… no pertenece a tal categoría -como tampoco se hallan ahí El revés de la trama y Un caso acabado-, y no podía ser de otro modo en una historia en la cual Dios y el diablo luchan encarnizadamente por el alma humana. Pero el ritmo del libro y su implacable dinámica deben mucho al suspenso, la tensión y la espontaneidad de las novelas detectivescas.

Como pocos escritores modernos, Greene llevó a la perfección el punto de vista narrativo que elimina al autor, que liquida al escritor omnisciente del siglo XIX. En El Poder… ello es manifiesto, pues sólo los personajes importan, ocurriendo el milagro de que su creador termina aboliéndose a sí mismo en tanto mediador literario. Así, el Teniente que arrincona al cura es retratado como un furioso idealista y un buen hombre; el Mestizo, quien lo engaña cual Judas, tiene sus razones, y el Gringo asaltante de bancos se niega a recibir la extremaunción, pese a ser creyente.

El Poder y la Gloria sigue siendo una expresión suprema de la novela contemporánea 60 años después de su publicación. Y en ella Greene probó, una vez más, que lo culto y lo popular pueden conjugarse para producir obras maestras.

Anexo

El Poder y la Gloria Graham Greene. Andrés Bello, 245 páginas Un cura huye de las autoridades de la Revolución Mexicana y enfrenta el dilema de salvar almas o salvar vidas.
Graham Greene (1904-1991) es uno de los más insignes escritores ingleses del siglo XX.

C.Marks

El rey de La Habana – Pedro Juan Gutiérrez

Realismo Socialista

La novela picaresca es una de las grandes contribuciones españolas a la literatura universal. Las narrativas occidentales, desde la inglesa a la germana, de la francesa a la italiana, se vieron subyugadas por el personaje del pícaro, un vagabundo que cambia constantemente de oficio y de patrones, que si no es delincuente, tiene problemas con la justicia y a quien no le interesa una familia o relaciones estables, prefiriendo lo que venga para pasar el rato. El realismo, el naturalismo y la denuncia social no habrían existido como los conocemos sin estos seres de los bajos fondos, cuyas hazañas siguen siendo la mejor fuente acerca de las clases sociales del pasado y los mejores libros para divertirse con las astucias de los desposeídos para sobrevivir a la miseria, el hambre y la guerra.
Ha corrido mucha agua bajo los puentes desde los tiempos del Lazarillo de Tormes o don Pablos, llamado el Buscón, de Quevedo, y la picaresca de hoy, al menos en la prosa hispana, parece haber descendido bastante, si es que no se está yendo a pique. El cubano Pedro Juan Gutiérrez retomó la corriente en su muy exitosa Trilogía sucia de La Habana, publicada a mediados de los 90 y comparada con la obra de Henry Miller, Charles Bukowski y otros exponentes del realismo sucio moderno. Sin embargo, los autores citados parecen escritores de fábulas para niños frente al inmoderado caribeño.

El Rey de La Habana, su segunda novela, cuenta las aventuras de Reynaldo o la inevitable caída de un joven que es testigo del involuntario asesinato de su desquiciada madre por el hermano mayor, seguido del suicidio de éste y la muerte de la centenaria abuela, todo ello, en minutos. El reformatorio, la vida deambulando por basurales, alojando en pisos sin agua ni luz y a punto de derrumbarse, la mendicidad, los trabajos ocasionales e ilícitos para comer lo que sea son los escenarios crecientemente abyectos, cada vez más degradados del relato.

Gutiérrez no tiene miramientos con nadie y la filosofía del libro puede resumirse en la máxima todo puede ser peor. Efectivamente, el bestial envilecimiento al que llegan los personajes no puede ser más ruin, hasta culminar en una apoteosis de descomposición física y moral.

Una narración con más de 200 páginas no lograría sustentarse sólo gracias a la decadencia, por lo que su autor acude a ciertas variantes a fin de amenizar la historia. La principal de ellas es el sexo y página por medio tenemos manifestaciones de algo que se acerca más al cretinismo genital que a la actividad que nos ha permitido reproducirnos en la tierra. Reynaldo, llamado Rey como diminutivo, pero también debido a sus aptitudes eróticas -de ahí el título de la novela- no se cansa nunca, aunque el lector sí puede hastiarse de tantas efusiones pornográficas.

El otro componente de la narración, que predomina en todos los personajes, lugares y situaciones, es la suciedad y Gutiérrez tiene una imaginación infinita para describir la porquería, la inmundicia, la fetidez. Y queda, a la postre, la impresión de que obtiene un sincero placer con una crónica de esta naturaleza.

Resulta curioso que un libro tan nihilista como El Rey de La Habana sea la obra de un cubano que reside en uno de los últimos regímenes socialistas del mundo. Como reflejo del desastre humano al que hemos llegado, puede ser un producto interesante, aun cuando hay que tener un estómago firme para digerirlo. Como fenómeno literario, posiblemente no perdurará, pero con seguridad tendrá muchos seguidores que hoy se sienten atraídos por lo que ayer era simplemente repugnante.

Anexo

El rey de La Habana
Pedro Juan Gutiérrez. Anagrama, 218 páginas. Entre prostitutas y travestidos, un adolescente pasa hambre y encuentra el sexo en las calles de La Habana.
Nacido en 1950, Gutiérrez ha sido vendedor de helados, instructor de kayaks, obrero y periodista. Con Trilogía sucia de La Habana fue saludado como revelación de las letras cubanas.

C.Marks